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UNA VISIÓN DIFERENTE, UN SAFARI PERFECTO Todo empezó la noche de fin de año del 2005 entre burbujas y risas el primer brindis de mi marido con un amigo cazador, fue para realizar durante el 2006 un safari en África. Al cabo de unos días y hablando de esto con unas amigas, me dijeron, ¿y por que no se los regalas tu?, ¿yo?, ¡por que debe ser carísimo!, a lo que ellas respondieron si lo había mirado, y no, la verdad era que no tenía ni la más remota idea de lo que podía valer una cosa así.
Parecía que estábamos en otro
mundo. Solo había naturaleza a nuestro alrededor, ni ciudades, ni atascos,
nada, solo la naturaleza y nosotros rodando por esas carreteras donde se te
perdía la vista sin ver el final de la recta. El hotel, sin ser un 5 estrellas tenía todas las comodidades, un jardín muy bien cuidado piscina, salones, una cocina a nuestra disposición como si fuera un self service de 24 horas,… y las habitaciones eran casitas independientes. Todo era como un sueño, estábamos en África y teníamos ocho días por delante.
Pero no vamos a engañarnos, la
sabana no es mi hábitat natural ¡ni mucho menos! Necesité un par de días para acostumbrarme a
una naturaleza y una fauna tan exuberante, pero lo conseguí y el esfuerzo valió
la pena.
¡Y ahora el safari¡ Jordi salía
cada día de la habitación a las seis y media para desayunar con Le Roux y luego
salir de caza, pero yo me levantaba más tarde tranquilamente, sin gritos ni
prisas como en casa, aunque añoraba mucho a los niños estaba dispuesta a
disfrutar del kit-kat que me ofrecía la estancia en Gamagara. Mis primeras mañanas fueron bastante iguales, desayunaba, leía, me sentaba delante de mi portátil para trabajar un ratito, y tomaba el sol, hasta que llegaba ¡el cazador!, era fantástico. La primera mañana de caza abatió un blesbock, llegó entusiasmado, me explicó la experiencia (¡como solo puede hacer un cazador!), y por la tarde con Odrie (la compañera del guía) los acompañamos. Pero Jordi había pactado con Le Roux hacer todo el safari andando, el no quería matar ni perseguir ningún animal desde el coche, por lo cual los dejamos y continuamos las dos con el conductor dispuestas a cazar todos los animales posibles con nuestras cámaras fotográficas. Fue fantástico, tuvimos durante un buen rato delante de nosotros un grupo de jirafas, a tan solo 10 metros, las pudimos observar y fotografiar cuanto quisimos, pero la variedad de animales que encontramos fue increíble, igual que la paz y la tranquilidad que nos envolvía. Así fueron también todas las primeras tardes, a la caza de imágenes, rinocerontes, suricates, ñus,.. aunque al mencionar este animal nunca olvidaré lo cerca que estuvimos de uno con el coche parado y sin conductor que no dejaba de observarnos y resoplar.
Para mi grata sorpresa Carlos nos
mandaba mensajes desde el móvil
preguntando por nuestra llegada, los animales que Jordi iba
coleccionando, si teníamos algún problema, si todo iba bien,… realmente
increíble, ¡esto ni en la mejor agencia del mundo!
Mi marido estaba radiante, nos
olvidamos los dos del resto del mundo, (aunque los msm iban de Gamagara a
nuestra casa, constantemente, pidiendo información sobre los niños).
Así pasaron los primeros cuatro
días, Jordi a parte del Blesbuck había matado un Orix, un Gran Kudu (realmente
grande), y un Sprinbuck.
Pero el cuarto día, Odrie se fue
y en cambio llegaron a Gamagara un variopinto grupo de franceses: el
propietario de Gamagara, su novia, una joven senegalesa que hablaba
perfectamente el castellano, dos niños de 8 y 10 años, un matrimonio de unos
setenta años encantador, dos amigos del propietario y un joven que seria el
futuro yerno de este. La noche anterior a su llegada llegó también André otro
guía de Gamagara que seria guía de una parte de ellos.
Ya no volví a trabajar con el
portátil, ni a leer tranquilamente por las mañanas, ni a desayunar sola con
todo el salón para mi. Richard el propietario actuó como un buen anfitrión y…
¡no me dejaron parar ni un momento!. El primer día me llevaron de compras a
Kathu y luego se distribuyeron en dos coches y yo iba alternando mis salidas
con ellos de un coche al otro, así pude ver como era la persecución de un
animal desde el pick-up, y os puedo asegurar que fue de lo más intrépido y
divertido, corríamos detrás de ellos saltando por la maleza, fuera de los caminos
marcados, para conseguir luego un abate o sencillamente para poder mostrarme
algún animal, pude ver un puercoespín en acción, que luego mataron para poder
degustar su carne, y fotografiar todos aquellos animales que aún no había
conseguido. También vi los últimos suspiros de unos cuantos hermosos
animales, pero esto mejor dejarlo para
los cazadores. Los días pasaban demasiado rápido y yo ya me había enamorado de África, ahora entendía la pasión con que me hablaba Carlos, en cuantas ocasiones al atardecer, mirando el cielo en aquel paraíso, decíamos Jordi y yo que lo mejor seria que nos mandasen a los niños para poder seguir disfrutando de aquel entorno, pero esto era imposible, la cuenta atrás era irremediable.
Las sobremesas de la cena pasaban entre revistas de caza, comparando precios de los rifles, de las ópticas,… a estas alturas os podría hacer una disertación sobre ello pero seguro que los cazadores ya lo sabréis y a la mayoría de mujeres mucho no nos apasiona, aunque os puedo asegurar que con todos los preparativos y con todas aquellas sesiones he aprendido un montón sobre calibres, armas y demás.
Jordi mientras, seguía con la cacería, el séptimo día ya había echo todo el paquete, añadiendo a los animales que ya tenia, el hartebeest, el impala y el duiker. Siete en total que ya estaba bien para un primer safari.
Y fue en ese séptimo día en el
que Le Roux y André nos invitaron a cenar a Kathu, la ciudad más próxima a
Gamagara, aquello era todo un privilegio, nos llevaron a un restaurante
impresionante, la decoración era exquisita, el servicio lento pero extremadamente
cordial y la comida buenísima. Pasamos una velada inolvidable. Antes de
marcharnos del restaurante hubo un apagón de luz, primero nos dijeron que solo
afectaba al restaurante pero minutos después nos confirmaron que no, ¡que toda
la ciudad estaba sin luz! Para ellos era un suceso normal, nos dijeron que a
veces pasaba, sin darle más importancia, pero allí no terminó la noche, sin luz
y todo nos llevaron a tomar una copa, la música del bar aquella noche llegaba
de los vehículos de los clientes y la
tenue luz del interior gracias a un generador,
allí probamos la bebida típica de la
noche sudafricana, un chupito llamado sprinbuck echo con menta y amarula, un licor delicioso elaborado con una fruta
sudafricana. Después de unas cuantas copas nos marchamos hacia el hotel. Y así llegó el último día de caza, Jordi ya tenia su paquete completo pero le pidió a Le Roux salir a por un facochero, sabiendo los dos como había disfrutado yo en mis salidas con los franceses, decidieron dedicarme el último día, la caza se haría desde el pick up y haríamos un almuerzo al aire libre; después de mucho sol, fue un día extremadamente caluroso y de persecuciones a todo gas Jordi consiguió un ejemplar, fue un día fantástico. Le Roux nos montó al lado de un lago una mesa y nos sirvió la comida que llevaba preparada desde Gamagara, aunque insistimos en ello no quiso comer con nosotros, así tuvimos aquel romanticismo de película, en plena naturaleza y a miles de kilómetros de casa.
Y hablando de comida… la cocinera de Gamagara bien se merece una mención especial, ya que todo fue excelente, las ensaladas, las sopas, los cocidos, los postres ¡y la carne!, de impala, de hartebeest, de duiker, todas eran buenísimas. Carlos nos dijo que se comía muy bien, pero la verdad es que poco nos lo imaginábamos. La comida era exquisita.
Y para finalizar os contaré mi
pequeño trofeo, Carlos nos avisó que podíamos comprar piedras preciosas a muy
buen precio en el aeropuerto de Johannesburgo, pero al llegar a Gamagara y
hablando de esto con Le Roux nos dimos cuenta que todos los cambios de avión
que nos esperaban hasta nuestra llegada a Barcelona eran cronometrados,
teníamos muy poco tiempo por lo cual seria imposible entretenerse en el
aeropuerto de Johannesburgo para realizar cualquier compra, a lo que Le Roux
nos respondió que no había problema, que si queríamos el último día el mismo
nos acompañaría a una joyería de Kimberley para comprar lo que quisiéramos, y
así lo hizo.
Llegó el último día, y a las
nueve de la mañana salíamos de Gamagara. Al llegar a Kimberley, le dimos al
disecador de Sudáfrica todos los trofeos conseguidos para su preparación y
posterior envío y nos fuimos a comer con Le Roux y el chico que había llevado
los trofeos. Después de la comida Le Roux cumplió lo prometido y yo salí de
Sudáfrica con un precioso diamante.
En definitiva, fue un viaje extraordinario, sin ningún
imprevisto, una experiencia única que esperamos poder repetir algún día con
nuestros hijos. El único inconveniente, para mi, fue estar en un país tan
increíblemente bello y no poder visitarlo más extensamente, pero todo se
andará,…
Seguimos en contacto con Carlos,
es un hombre extraordinario, con una humanidad y un “saber hacer” increíbles, el hizo realidad
un sueño y todos los elogios son pocos para describir a una persona que no se
preocupa solo de prepararte un viaje, sino que te ofrece su amistad y que lo
sientes a tu lado a 10.000 kilómetros de distancia.
Quisiera terminar este relato con
unas palabras que no son mías pero que muy bien describen la sensación que
llevo dentro y el anhelo de volver a pisar algún día la sabana africana. “UNA VEZ QUE HEMOS TOCADO LA NATURALEZA SALVAJE UNA PARTE DE ELLA VUELVE CON NOSOTROS”
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